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“Hablar no borra el pasado, pero deja de repetirlo”

Muchas de las dificultades que aparecen en la vida adulta no tienen que ver únicamente con lo que ocurrió, sino con lo que no pudo decirse. Con aquello que quedó atrapado en la garganta cuando aún no había palabras suficientes. Con preguntas que nadie quiso escuchar. Con emociones que no encontraron un destinatario posible.

Desde el psicoanálisis sabemos que el silencio también habla. Lo no dicho no se evapora con el tiempo ni se archiva en el pasado. Permanece activo, operando en segundo plano, buscando salida. Se transmite de otras formas: en los vínculos que se repiten, en elecciones que duelen, en síntomas que parecen no tener sentido. A veces aparece como miedo a hablar; otras, como una dificultad persistente para poner límites, como una culpa sin causa aparente o como esa sensación tan conocida de “estar fuera de lugar” incluso cuando todo parece ir bien.

Lo que no fue simbolizado vuelve como repetición. No porque la persona quiera sufrir, sino porque el psiquismo insiste allí donde algo quedó sin inscribirse. El síntoma no es un error: es un mensaje que no ha encontrado palabras.

En el trabajo terapéutico, dar lugar a la palabra no significa forzar recuerdos ni arrancar confesiones. Tampoco se trata de buscar una “verdad escondida” como si hubiera algo que descubrir a la fuerza. Significa algo mucho más delicado y, a la vez, más transformador: crear un espacio donde aquello que nunca tuvo lugar pueda empezar a tenerlo. Un espacio donde hablar no sea peligroso, ni inútil, ni tenga consecuencias catastróficas.

Porque muchas personas no callan porque no sepan qué decir, sino porque aprendieron que hablar no servía, que nadie respondía, que hacerlo tenía un coste demasiado alto. El silencio fue, en su momento, una solución. El problema aparece cuando esa solución se convierte en prisión.

Cuando algo logra ponerse en palabras, el pasado no se borra, pero deja de gobernar el presente desde la sombra. Lo que antes se repetía sin sentido empieza a adquirir una lógica propia. Y cuando algo tiene lógica, deja de ser un destino inevitable. Desde ahí, se abre una posibilidad nueva: la de decidir de otra manera, la de no responder siempre igual, la de no vivir atrapado en la misma escena una y otra vez.

Hablar no es fácil. Decir lo que duele, lo que avergüenza, lo que confunde o lo que nunca fue autorizado requiere tiempo y confianza. Por eso la terapia no es un lugar de soluciones rápidas ni de frases motivacionales, sino de escucha sostenida. De una presencia que no interrumpe, no juzga y no apura.

A veces, el mayor cambio no llega cuando uno entiende algo, sino cuando puede decir —por primera vez— aquello que siempre estuvo ahí, esperando ser escuchado.Y en ese acto, aparentemente simple pero profundamente humano, algo comienza a moverse.

 
 
 

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