El cansancio de ser fuerte todo el tiempo
- Jerónimo Martínez Lucas

- 31 ene
- 1 Min. de lectura
Hay personas que no llegan a consulta por una crisis concreta. No hay un hecho puntual, ni un acontecimiento reciente que lo explique todo. Llegan porque están cansadas. Cansadas de sostener, de adaptarse, de no fallar, de seguir funcionando cuando por dentro algo ya no acompaña.
Este cansancio no siempre se nota desde fuera. Muchas veces se trata de personas responsables, comprometidas, que cumplen con lo que se espera de ellas. Personas que han aprendido a no molestar, a no pedir demasiado, a resolver solas. Y precisamente por eso, el agotamiento tarda en reconocerse.
Ser fuerte todo el tiempo tiene un precio. Cuando no hay espacio para la fragilidad, el malestar se desplaza al cuerpo, al ánimo o a los vínculos. Aparecen la irritabilidad, la tristeza sin motivo claro, la sensación de vacío o de estar desconectado incluso de aquello que antes importaba.
En consulta, no se trata de convencer a nadie de que deje de ser fuerte, sino de preguntarse para qué ha sido necesario serlo tanto. Qué historias, qué vínculos, qué silencios han hecho de la fortaleza una obligación más que una elección.
Poder hablar de este cansancio sin sentirse juzgado ya es, en sí mismo, un alivio. No porque solucione todo, sino porque introduce una pausa. Un espacio donde no hace falta rendir, ni demostrar, ni sostener más de lo posible.
A veces, empezar a cuidarse no consiste en hacer más, sino en permitirse parar. Y reconocer que no todo puede ni debe sostenerse solo.





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